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La maternidad que nos tocó vivir: cuando la discapacidad llega sin avisar

La maternidad que imaginábamos y la que realmente vivimos

Mi maternidad con discapacidad
Mi maternidad diferente que no cambio por nada

Cuando estás embarazada, construyes sin darte cuenta una idea bastante clara de lo que va a ser la maternidad. No es algo que te sientes a diseñar conscientemente, pero está ahí, formada por todo lo que has visto, escuchado y sentido durante años: un bebé sano, una adaptación progresiva, momentos difíciles sí, pero dentro de lo esperable. Te imaginas aprendiendo sobre la marcha, cansada pero feliz, conectando con tu hijo y encontrando poco a poco tu lugar en ese nuevo rol.

El problema es que nadie te habla de lo que ocurre cuando esa expectativa se rompe. Cuando la maternidad no sigue ese guion. Cuando aparecen médicos, pruebas, incertidumbre o directamente un diagnóstico. En ese momento no solo cambia la situación de tu hijo, cambia completamente tu forma de vivir la maternidad. Lo que se rompe no es solo una idea, es una estructura interna: la seguridad, la previsibilidad, la sensación de que sabías más o menos cómo iba a ser todo.


El duelo que no siempre se reconoce


Hay algo que cuesta muchísimo admitir y que muchas madres viven en silencio: cuando llega la discapacidad, aparece un duelo. Y es importante decirlo bien, porque no es un duelo por tu hijo, es un duelo por la expectativa. Por la vida que imaginabas, por las etapas que dabas por hecho, por esa sensación de normalidad que desaparece sin avisar.

Puedes amar profundamente a tu hijo y, al mismo tiempo, sentir tristeza por lo que no es como pensabas. Y eso genera mucha culpa, porque parece incompatible. Pero no lo es. Desde la psicología, esto se entiende como una ruptura de esquemas: tu mente necesita reorganizar toda la realidad, y ese proceso no es inmediato ni lineal. Es incómodo, duele y muchas veces se vive en silencio porque no parece “correcto” expresarlo.


Un postparto completamente diferente


El postparto ya es una etapa vulnerable en cualquier mujer, pero cuando se suma una situación médica o un diagnóstico, deja de ser un proceso de adaptación progresiva para convertirse en una etapa de alta exigencia emocional. En lugar de ir poco a poco, entras en un estado de alerta constante, donde tu foco está completamente puesto en tu hijo y en todo lo que necesita.

Muchas veces no hay espacio para sentir, para parar, para procesar. Tu mente está ocupada en resolver, en sostener, en entender. Y ahí aparece lo que muchas vivimos: una especie de desconexión emocional que te permite seguir adelante, pero que tiene un coste. No es que no sientas, es que no puedes permitirte sentir todo.


Cuando no sientes… porque estás sobreviviendo


Durante mucho tiempo yo pensé que no había tenido postparto. Sentía que simplemente había pasado de una cosa a otra sin ese impacto emocional del que tanto se habla. Pero con el tiempo entendí que no es que no lo hubiera tenido, es que no había tenido espacio para vivirlo.

Estaba centrada en mi hijo, en su evolución, en sus necesidades. Y cuando estás así, el cerebro activa mecanismos de protección que reducen la intensidad emocional. Es una forma de poder seguir funcionando. Pero todo lo que no se procesa en ese momento no desaparece, se queda guardado.

Y más adelante, cuando todo se calma un poco, vuelve.


El miedo constante del que nadie habla


Si hay algo que todas compartimos en esta maternidad es el miedo. Un miedo que no es puntual, sino constante. Miedo al futuro, a lo que vendrá, a si lo estaremos haciendo bien, a si nuestro hijo estará bien, a si podrá, a si sufrirá.

Es un miedo silencioso, porque muchas veces no lo expresamos en voz alta. Porque estamos ocupadas siendo fuertes, resolviendo, sosteniendo. Pero está ahí, de fondo, acompañando prácticamente todo.

Y ese miedo también forma parte del proceso. No desaparece de un día para otro, pero se puede aprender a convivir con él sin que lo invada todo.


La comparación: una de las partes más difíciles


Muchas madres me escriben contándome lo mismo: lo difícil que es mirar alrededor.

Ves a otros niños, otras madres, otras situaciones… y no puedes evitar compararte. Ves niños que alcanzan etapas sin dificultad, madres que se preocupan por cosas que, desde tu realidad, parecen pequeñas, incluso superficiales. Y ahí aparece una mezcla muy compleja de emociones: tristeza, frustración, incomprensión, incluso enfado.

No porque esas madres estén haciendo algo mal, sino porque tú estás viviendo algo mucho más intenso.

Y muchas veces te callas. Te callas porque sientes que no puedes decir nada. Porque piensas: “si ellas supieran lo que realmente es difícil…”. Pero no lo dicen desde la maldad, simplemente están en otra realidad.

La comparación duele porque te recuerda constantemente la distancia entre la maternidad que imaginabas y la que estás viviendo. Y gestionar eso no es fácil.


Aceptar no es rendirse, es integrar


Aquí hay un punto muy importante: la aceptación.

Aceptar esta maternidad no significa resignarte ni dejar de luchar por tu hijo. No significa conformarte. Significa algo mucho más profundo: dejar de pelearte con la realidad que te ha tocado vivir.

La aceptación es un proceso, no un momento. No llega de golpe ni de forma definitiva. Hay días en los que estás más en paz y otros en los que vuelve la comparación, el miedo o la tristeza.

Pero poco a poco, aceptar implica empezar a habitar esta maternidad sin estar constantemente mirando la otra. Implica dejar de medir tu vida con la vara de lo que “debería ser” y empezar a construir desde lo que es.

Y eso no es fácil, pero es liberador.


Cuando todo se estabiliza… y tú te vienes abajo


En mi caso, hubo algo que me marcó mucho: cuando todo empezó a estabilizarse, me vino un bajón enorme. Y no lo entendía. Porque en teoría, lo peor ya había pasado.

Pero lo que estaba pasando realmente es que todo lo que no había podido sentir antes estaba saliendo. Durante meses había estado funcionando, sosteniendo, sin espacio para mí. Y cuando el cuerpo dejó de estar en alerta, empezó a procesar.

Ahí entendí que no puedes saltarte el proceso emocional sin que, en algún momento, pase factura.


Mi proceso: empezar a cuidarme después


Yo no fui al psicólogo en el momento más duro. No tenía espacio para eso. Toda mi energía estaba en mi hijo. Pero cuando llegó ese bajón, entendí que necesitaba ayuda.

Ahora estoy en terapia. Estoy aprendiendo a entender lo que viví, a ponerle nombre, a darme espacio. Y eso también forma parte de esta maternidad.

Porque no solo se trata de cuidar a tu hijo. También se trata de reconstruirte a ti.


No estás sola en esta forma de maternar


Si algo me gustaría que te quedaras de todo esto es que no estás sola. Aunque muchas veces lo parezca, aunque sientas que nadie entiende del todo lo que estás viviendo, hay muchas madres pasando por lo mismo.

Madres que también sienten miedo.Que también se comparan.Que también se callan.Que también están aprendiendo a aceptar una maternidad diferente.

Y dentro de esa diferencia, también hay espacio para construir algo propio, algo real, algo que no se parece a lo que te contaron, pero que también tiene sentido.


¡Gracias por leerme! 💜

Johanna

 
 
 

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