Agradecer aunque la vida duela
- Johanna Gorrín

- 4 jul
- 3 min de lectura

Hay épocas en las que es muy difícil agradecer. Cuando eres madre de un niño con hemiparesia, o de cualquier hijo con un diagnóstico, es fácil que la vida se convierta en una carrera constante. Vivimos pendientes de terapias, citas médicas, informes, ejercicios en casa, burocracia, incertidumbre y de esa voz que siempre nos recuerda todo lo que aún queda por conseguir. Sin darnos cuenta, empezamos a medir los días por objetivos, avances o retrocesos. Y es ahí donde, poco a poco, dejamos de mirar lo esencial.
Esta semana he sentido esa reflexión con más fuerza que nunca. Soy venezolana y mi familia vivió momentos de muchísima angustia por el terremoto. Justo viven en Caracas, de las zonas más afectadas, durante horas, la incertidumbre fue enorme. Miraba el teléfono esperando noticias y, por primera vez en mucho tiempo, todo lo demás dejó de importar. No pensé en el trabajo, ni en las terapias de Sebastián, ni en las cuentas por pagar, ni en las preocupaciones que hasta ese momento parecían tan grandes. Solo quería saber una cosa: que todos estuvieran vivos.
Afortunadamente lo estaban. Y cuando por fin pude respirar tranquila, me di cuenta de algo que, en el fondo, todos sabemos pero que olvidamos con demasiada facilidad: no deberíamos necesitar que ocurra una tragedia para recordar lo valiosa que es la vida.
Vivimos con la sensación de que siempre falta algo. Que seremos felices cuando llegue ese tratamiento, cuando nuestro hijo alcance un nuevo hito, cuando tengamos más dinero, más tiempo o menos preocupaciones. Nos acostumbramos tanto a perseguir el siguiente objetivo que dejamos de vivir el presente. Y el presente, aunque esté lleno de dificultades, sigue siendo la única certeza que tenemos.
No estoy diciendo que haya que sonreír todo el tiempo o fingir que todo está bien. Hay días en los que el cansancio pesa demasiado, en los que la ansiedad nos gana la partida y en los que sentimos que no podemos más. Yo también los tengo. Hay días en los que el miedo al futuro me invade y me pregunto cómo será la vida de Sebastián dentro de diez o veinte años. Hay momentos en los que me enfado con la vida y en los que me cuesta encontrar un solo motivo para sentirme en paz.
Pero precisamente por eso creo que agradecer es una decisión consciente. No porque todo vaya bien, sino porque, incluso cuando las cosas son difíciles, todavía existen motivos para levantar la mirada.
Agradecer porque hoy podemos abrazar a nuestros hijos. Porque escuchamos su risa. Porque compartimos una comida en familia. Porque tenemos la oportunidad de acompañarlos en su camino. Porque seguimos teniendo tiempo para crear recuerdos. Son cosas tan cotidianas que pasan desapercibidas hasta que la vida nos recuerda lo frágil que es todo.
Vivimos en una sociedad que nos empuja constantemente a pensar en lo que deberíamos hacer, en lo que deberíamos tener, alcanzar o en la persona que deberíamos ser. Y cuando además convives con un diagnóstico, esa presión parece multiplicarse. Nos comparamos con otras familias, con otros niños, con otras realidades. Sin querer, empezamos a vivir más en el futuro que en el presente. Pero el futuro no está garantizado para nadie. La única vida que realmente existe es la que está ocurriendo ahora mismo.

Quizá por eso el terremoto me dejó una enseñanza que no quiero olvidar cuando pasen los días y vuelva la rutina. No quiero esperar a recibir una mala noticia para valorar una tarde cualquiera con mi familia. No quiero que la prisa me robe los momentos sencillos. No quiero vivir pensando únicamente en el siguiente objetivo mientras la vida sucede delante de mí.
Si algo me ha enseñado el camino de la discapacidad es que no siempre podemos elegir lo que nos ocurre, pero sí podemos decidir desde dónde queremos vivirlo. Yo quiero seguir luchando por Sebastián con todas mis fuerzas. Quiero seguir buscando las mejores oportunidades para él y soñando con su futuro. Pero también quiero recordar que, mientras todo eso llega, la vida sigue pasando. Y no quiero perdérmela.
Hoy quería compartir esta reflexión porque siento que todos necesitamos recordárnosla de vez en cuando. No esperemos a que la vida nos sacuda para agradecer lo que tenemos. Abracemos más. Escuchemos más. Vivamos más despacio. Digamos "te quiero" sin esperar una ocasión especial. Porque el mañana es un regalo que nadie tiene asegurado, mientras que el hoy, con todo lo bueno y todo lo difícil que traiga, sigue siendo el lugar donde ocurre la vida.






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